Tarone

Tarone –un apartado pueblo que tiene forma de U– se caracteriza por tener la población más escrupulosa de toda Marsupia. Tanto, que fácilmente se podría considerar que esos niveles de escrupulosidad, practicados en cualquier otra parte de Marsupia o incluso del mundo, rozarían sin mucha dificultad lo delirante.

Para entender un poco la situación hay que decir que los Taronenses son personas excesivamente racionales. Esto claro es algo que yo puedo decir aquí con libertad, pero se trata desde luego de una descripción que ni yo, ni nadie debiera atreverse a decir en la presencia de uno de ellos. Y no porque uno la diga de forma despectiva porque no es el caso, si no que para esa comunidad en concreto lo excesivamente racional no existe y decirles esto, sólo desataría no el desprecio del o la Taronense que escucha porque, aunque se trata de una gente masivamente lógica, también es verdad que todos gozan de un corazón y una nobleza inconmensurable, pero sí que impulsaría una interminable explicación de por qué la frase excesivamente racional es un oxímoron. Por ejemplo, si un Taronense me escuchase ahora, lo primero que saltaría a decirme es que interminable es un término inexacto porque por muy largo que fuese su o cualquier explicación, siempre terminaría acabando y luego me diría algún chiste como “…ni que no tuviese otras necesidades de tipo fisiológicas, de seguridad, de afiliación, de reconocimiento o autorealización que satisfacer, ¡jajaja!…” y yo habría reído también porque razón no le faltaría, como es normal.

La escrupulosidad de los Taronenses es algo que rige casi en totalidad su conducta tanto individual como colectiva. Dentro de sus casas, por poner un caso aleatorio, hacer el café es una situación que comprende una serie de pasos que deben ser seguidos con exactitud; usar la cantidad exacta de agua, hervirla durante la cantidad precisa de tiempo, agregar en el colador los gramos suficientes de café, verter el agua a la velocidad y distancia requerida del colador, añadir sólo los cubos necesarios de azúcar y remover haciendo un exclusivo uso de la cucharilla pertinente con el movimiento de muñeca especificado.

Para un visitante podría parecer que estas son manías o rituales caprichosos de esta gente pero cualquier Taronense de a pie explicaría con gusto que omitir algunos de estos pasos o tomarlos a la ligera, repercutiría directamente en una –cien por ciento garantizada– irregularidad en alguna fase del proceso e incluso en la baja calidad del resultado. Si se diese el supuesto –intentarían ilustrar– de que el producto final se tratase de una bebida muy fuerte, lo seguro habría sido que la cantidad de café agregada en el colador fue inexacta por exceso pero, si el caso fuese una bebida muy fuerte y al mismo tiempo, existiese un desnivel en la proporción de café en las tazas y unas quedasen más llenas que otras, entonces el error habría estado en la proporción de agua utilizada donde, o el cálculo de la cantidad empleada fue inferior a la necesaria o el tiempo que duró hirviendo fue excesivo; en cualquiera de los dos casos, la consecuencia habría sido la misma; un déficit de solvente en proporción a la cantidad de soluto de cuya mezcla no habría podido resultar otra cosa si no una solución muy concentrada. Si mientras se cuela el café, sucediese que el agua se llegase a desbordar por la boca del colador, entonces el error habría estado en la velocidad y distancia con la que se vertió el agua desde la tetera donde la primera habría sido muy alta y la segunda muy corta. Y si, una vez en la taza, se llegase a derramar el café mientras se revuelve el azúcar, es porque o la cuchara utilizada habría sido muy grande o el movimiento de muñeca muy acelerado. En caso de que el movimiento consistiese en una velocidad muy lenta, entonces pasaría que el café llegaría al cafetero frío porque o el azúcar no fue disuelta lo suficiente como para endulzar o porque habría tardado de más en hacerlo.

Bueno y así con todo. Los Taronenses tienen una explicación lógica para todos sus muy detallados métodos y como cabría esperar de todo fanático de la explicación, son fanáticos también de las señalizaciones. En Tarone absolutamente todo está señalizado. Todo. Cuando se va allá de visita, lo primero que se ve en cualquiera de sus dos entradas es un muy bonito cartel que pone “Está usted entrando a Tarone, ¡Bienvenido!” y luego por el reverso, cada uno de los carteles reza “Está usted saliendo de Tarone, ¡Vuelva pronto!” y luego en la mitad de la U que es el centro exacto del pueblo, existe un cartel que dice “Está usted aquí” y pone un dibujo de una U con una mano señalando con el dedo índice el medio de su curva.

Se podría decir que hasta aquí todo bien porque esos se tratan de los carteles más convencionales que tienen pero la verdad es que sin necesidad de buscar demasiado, se puede llegar a encontrar uno con unas excentricidades bárbaras de anuncios, en los que detrás del aparente chascarrillo con el que se presentan ante la vista, yace una complicada elaboración conceptual que aunque para ellos se trata de un conocimiento obvio y el cartel termina siendo sólo un recordatorio protocolar que en una compulsión de cumplimiento no pueden dejar de colgar, para un visitante cualquiera, ese mismo anuncio puede representar todo un complejo tratado científico que sólo dedicando media vida a su muy profundo análisis y un poco de suerte, se podría intentar llegar a un lejano acercamiento al entendimiento de su razón de ser.

En Tarone pueden llegar a verse carteles demenciales como el de la farmacia, que pone “¿Naranja o un poco de ánimo?” y ante el cual los lugareños suelen hacer comentarios tipo “…es increíble que a estas alturas, todavía haya que recordárselo a la gente” o “hasta cuándo habrá que repetirlo” o incluso “esto habría que ponérselo a noséquién en la puerta a ver si se lo graba…”, produciendo la perplejidad de cualquier foráneo que presencie la escena. En la barbería, en la pared de los espejos hay uno que pone “Trapos y cálculos” con un dibujo de una bicicleta que han de haber puesto para facilitar su entendimiento y en el mercado, en el área de las verduras, hay uno bien grande que pone “¡Silencio, se baila!” y ante el cual todos los clientes adultos suelen admirarse e inexplicablemente, los niños, al verlo, suelen embargarse de una increíble alegría.

Esos carteles –con todo respeto, siempre desde el respeto– son una completa locura para quien no sea de allá pero como ya he dicho, estas son cosas que me puedo permitir decir aquí porque Tarone –estemos claros– son dos calles y para lo que uno tarda en recorrerlas, antes de ponerse a escuchar una explicación que –por muy fácil que nos la den– no vamos a entender (porque no la vamos a entender) y hacerle perder el tiempo a esa buena gente en discursos inútiles, lo mejor es guardárselas.
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Proyecto Letra de Imprenta – Semana 12
Titular propuesto: ¡Silencio, se baila!
Formato propuesto: De interés humano.

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Un pensamiento en “Tarone

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